PORQUE ADORAMOS

ADORAMOS A DIOS PARA EXALTAR AL CORDERO

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Juan el Bautista fue el profeta que bajo la unción del Espíritu Santo, señaló a Jesús en el Jordán y dijo de Él:  “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” Juan 1:29. El término Cordero, bíblicamente hablando, tiene una connotación extraordinaria. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, la figura del cordero es sumamente importante. Es quizás el símbolo profético antiguotestamentario más relevante de la Escritura. Todo el ceremonial de los judíos estaba centrado en la figura del cordero y de su sangre. El libro de Levítico enseñó a esta nación a acercarse a Jehová a través de este dócil animal. El cordero señalaba a un hombre, Jesús, el mediador único entre Dios y los hombres.

 

Decir Cordero es decir Plan de Dios, Redención y Vida Eterna. Decir Cordero es decir Liberación, Salvación y Perdón Divino. El Cordero de Dios es Emmanuel, Dios con nosotros. Es la majestuosa Segunda Persona del Dios Trino, que tomó un cuerpo para morir por la raza humana y darle justificación y perdón de sus pecados.

El Cordero de Dios es Cristo, el Hijo del Dios Viviente. ÉL es el Camino al Padre y Aquel a quien el Espíritu Santo nos lleva a adorar. Adorarle a Él, al Cordero, es agradar al Padre, es honrar Su Plan y Su Sabiduría Eterna. Adorar al Cordero es proclamar Su Victoria y la Victoria del Padre. Adoramos al Padre al exaltar al Cordero, porque sólo Él es Digno de recibir la Gloria, la Honra y el Honor (Apocalipsis 4 y 5). Amén.

 

ADORAMOS A DIOS PARA ESTABLECER LA PLATAFORMA AL

        MOVER DEL ESPIRITU SANTO POR EL FLUIR DE SUS DONES

        ESPIRITUALES.

 

Cuando Dios está presente en un lugar, Él se manifiesta y Él demuestra su poder. Su Reino es también demostración. La plataforma que el Espíritu Santo demanda para operar sus diversos dones espirituales entre y con la gente (II Corintios 12 y 14), se establece sólo como Él quiere.

Esa plataforma es edificada a través de la reverencia y el respeto a la Persona maravillosa del Espíritu (Él es Dios). Ante el silencio santo y la espera anhelante de Él son colocados los pilares de su mover. No es ante el irrespeto, la insensibilidad y la clara irreverencia e inconciencia de un pueblo carnal e inmaduro que Él opera. Dios es Santo; obrará ante los que le honran. Él es Rey; se moverá donde se le da el lugar debido. La adoración excelente provee de los elementos necesarios para que Él asiente Su Gloria y se mueva.

 

La adoración nos acerca a Él. Nos humilla, nos calla y nos postra ante Él. La adoración sumerge al adorador en la conciencia real de Su Presencia, en la reverencia total hacia Su Majestad y en el respeto profundo por Su Santísima Persona. Amén.

La adoración mata lo indecoroso, lo impuro y lo irrespetuoso; nos lleva a la intimidad y nos pone a los pies del Espíritu Santo, para que Él como Edificador de la iglesia reparta los dones como Él quiere.

 

En estos postreros días , el Refrigerio del Espíritu debe venir a la Iglesia como el bálsamo que ella necesita. El fresco mover del Señor debe llenar Su Casa. Los milagros, las maravillas y prodigios deben ser las señales gloriosas de Su Presencia en Su Santuario.

 La plataforma del Espíritu para el mover de los últimos tiempos, tiene ya su diseño, su tamaño y forma; sólo puede ser edificado por adoradores y con el material riquísimo de la “más excelente adoración” de Su Pueblo. Amén.

ADORAMOS A DIOS PARA SER TRANSFORMADOS A SU IMAGEN

 

“Nos llegamos a parecer a lo que adoramos”. Curiosamente esta expresión es una gran verdad. En el caso de los adoradores de Jesucristo esta frase es totalmente comprobable. A los primeros discípulos de Jesús se les llamó cristianos en Antioquia (Hechos), porque se parecían a Cristo en su conducta, doctrina y carácter. Al paso de los siglos, muchos hombres de Dios han sido señalados como verdaderos cristianos. Ellos han vivido vidas llenas de la unción del Espíritu y con principios de comportamiento prácticos y santos. Ellos fueron realmente cambiados por el Poder Divino, hasta ir alcanzando la estatura de Cristo.

El apóstol Pablo fue de los primeros, el dijo: “sed imitadores de mí, como yo lo soy de Cristo”

 

La vida de adoración nos sumerge en las aguas del Espíritu. Estas aguas nos limpian, nos purifican y nos santifican. La adoración en el creyente acelera los tiempos de maduración en él y su carácter es cambiado de gloria en gloria y de victoria en victoria. Aleluya.

 

El fruto del Espíritu Santo, que no es otra cosa que el maravilloso “carácter de Cristo” en nosotros sigue siendo producido, es desatado con poder en el creyente según tenga una vida intensa de adoración e intimidad con Dios. Amén. Los cuatro seres vivientes que adoran a Dios ante Su trono, según  Apocalipsis 4 y 5, reflejan la gloria de Aquel a quien ellos adoran. Lo que Dios es, les es impartido y estos querubines adoradores reflejan esa sobrenaturalidad y majestuosidad del Dios ante el que se postran y le dicen: “Santo, Santo, Santo”.

 

La Escritura nos da un vislumbre glorioso con estos seres vivientes de lo que sucede en las criaturas de Jehová, cuando éstas le adoran ferviente y constantemente (día y noche). La Biblia usa un simbolismo muy descriptivo para manifestar a través de estos ángeles la Personalidad de Dios, Su carácter Santo, Sus atributos, excelencias y perfecciones; es decir, Su Gloria. Cada querubín que se mantenía adorando de continuo ante el Trono del Señor era descrito por el apóstol Juan como un ser viviente lleno de ojos por delante y por detrás. Con muchas alas con las que volaban velozmente y tapaban sus rostros. Cada uno tenía cuatro caras, una a cada lado. Esas caras eran, un rostro de hombre, un rostro de león, un rostro de águila y un rostro de buey. Estos símbolos todos, tienen que ver con la habilidad dada por Dios para mirar hacia delante y hacia atrás (pasado, presente y futuro) por la operación del conocimiento divino en ellos (en la Iglesia, serían los dones del Espíritu). Las alas son sinónimo de velocidad, efectividad y obediencia plena. Las alas sobre sus rostros son símbolo de reverencia y respeto ante el Creador del Universo. Amén.

 

La cara de león simboliza realeza, autoridad y poder, así como señorío y dominio. El águila lo divino, lo celestial y eterno; sobre todo lo que viene del Espíritu. El buey representa la entrega, el sacrificio, la abnegación y la mansedumbre del Siervo Sufriente ¡Cristo!. El hombre su comunión con los humanos, Su plan redentor y Su carácter mesiánico. El hombre también representa a Jesús el Mediador y sus mejores dotes como persona. Al igual que los seres vivientes, en la adoración, Dios transforma el carácter de Su Iglesia dotándola de autoridad, realeza y poder. La Adoración con excelencia, nos trasforma a su imagen Santa. Amén.

 

 

ADORAMOS A DIOS PORQUE ES NUESTRA PRIORIDAD

         MINISTERIAL.

 

Como mencionamos anteriormente, la ausencia de poder en la Iglesia se debe a la falla de ésta en ministrar al Señor. La adoración a Él es nuestro ministerio prioritario. De la adoración a Él y de ser revestidos de su gloria, es que le viene el poder y la autoridad a la Iglesia.

 

La Biblia enseña que nuestro ministerio hacia Dios es primero que nuestro ministerio hacia el hombre. Es a Dios a quién debemos ministrar primero, si realmente deseamos ser eficaces en nuestro llamado. Fuimos creados para adorar. Al ejercer sabiamente nuestro ministerio de adoración para el cual Dios nos creó, éste nos impulsará inevitablemente a ministrar a los hombres y a sus necesidades. Al adorar al Señor prioritariamente, con excelencia, amor y perseverancia, Dios mismo nos impulsará hacia los hombres, pero investidos de Su carga y de Su amor por ellos. Es a través de la adoración que Jehová nos envía luego a las gentes con Su Poder y Su Unción.

La adoración excelente debe ser brindada al ser prioridad número uno de su quehacer cotidiano por una Iglesia madura, amorosa y entendida en su llamado.

Adoramos a Dios por sobre todo porque es lo que Dios diseñó para Su Esposa, La Iglesia. Adoración es la prioridad de nuestro ministerio. Amén.

 

ADORAMOS A DIOS PARA CENTRAR EL CULTO EN LA PERSONA

        CORRECTA.

 

La Biblia es muy clara con respecto a la adoración; sólo Dios es digno de recibirla. El apóstol Juan recibió la Revelación de Jesucristo en la isla de Patmos, a través de ángeles. Al final de este proceso glorioso él se emocionó y se postró ante el ángel de Dios, impactado por la sobrenaturalidad manifestada por el mismo, y el ángel se lo impidió (Apocalipsis 22). Sólo Dios es digno de ser adorado. Aleluya.

El gran pecado de los idólatras es que con sus devociones paganizadas, rebajan la dignidad de Dios. Sólo Él es Dios, los demás, nada son. Son imágenes a través de las cuales satán intenta atraerse gloria para él. Sólo Dios es Digno de ser magnificado. Amén.

 

Tristemente existe una tendencia entre los hombres a exaltarse más de lo debido. La caída del primer hombre Adán, vino como resultado de querer ser como Dios. Desde entonces la corriente del Humanismo ha provocado de mil y una maneras la exaltación desmedida de hombres, ya sean políticos, científicos o artistas.

Estúpidamente, el hombre cegado de soberbia y vanidad, se cree dios. Más estúpidamente los hombres, cegados por la idolatría, han hecho de mortales pecadores, ídolos de barro. En ellos han fijado su aplauso, su atención y su veneración. Por ellos lloran, gritan y hacen miles de sacrificios; son sus dioses.

El gran problema es que en la Iglesia la gente inmadura e inconsciente ha perdido la perspectiva correcta. Han hecho de músicos, cantores y predicadores estrellas de teatro. Los exaltan como en el mundo y lo más grave es que estas “estrellas” se creen grandes artistas. La adoración brega con ese síndrome de Lucifer (“virus” que tuvo el diablo en su rebelión). La adoración centra el culto y devoción de la Iglesia en la persona correcta, en Jesucristo, el único que debe ser adorado. En la alabanza se exalta muchas veces al cantante, a las diversas buenas voces del coro; en la predicación nos emocionamos por la revelación del maestro o la habilidad y retórica del predicador.

 En la adoración, no hay campo para exaltar al hombre y a sus habilidades. Allí no importa quién canta o quién toca la música. Sólo importa Dios. Nos centramos y concentramos en Él. La adoración nos protege de idolatrías y nos postra ante Él. ¡Bendita adoración, que nos lleva a Cristo !. Amén.